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Ante las elecciones del 26-J
Por Fernando Vallespín y José Luis García Delgado
Viernes, 24 de junio de 2016 -  708 lecturas
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Tras la indignación, la resignada naturalidad: así parece que se ha asumido el fracaso en la formación de gobierno después del 20D. Quizá porque la mayoría de los actores no apostaron en ningún momento por ponerse a la tarea en serio: con perspectiva, la sensación es que, en efecto, durante este periodo de cuatro meses casi todos los movimientos de los actores políticos iban dirigidos más a hacer campaña para lo que se ha calificado como una “segunda vuelta”, que a cumplir con lo que era su obligación. Esto ha quedado corroborado por la fluidez con la que hemos pasado, sin apenas notarlo, de un periodo formal a otro, como si fuera parte de un continuum que nace en la campaña de las elecciones europeas de finales de mayo de 2014, pasando por las locales y autonómicas del mismo mes de 2015 y las generales del 20-D, hasta la convocatoria formal del 26 de junio. ¡Dos años enteros!

El inicio formal de la nueva campaña ofrece, sin embargo, importantes novedades respecto de las anteriores. Se aprecia una recomposición de las fuerzas de izquierda, con la suma de IU a las confluencias de Podemos, que amenaza con desbancar al PSOE del segundo lugar obtenido el 20 D. Y, sobre todo, a medida que se está entrando en la fase decisiva, se constata en el espacio público un considerable aumento de la polarización, ya sea para movilizar a una sociedad civil escéptica hacia tanto trajín político, o como estrategia para afirmar algunas de las opciones en liza, haciendo acto de presencia incluso una crispación que, a nuestro juicio, no se corresponde con el actual estado de la convivencia social en España.

Desde sus primeras declaraciones, el CCO ha sostenido la tesis de que la disputa y la discusión pública no es algo que incumbe exclusivamente a las fuerzas políticas institucionales, y que la mejor manera de resolver los problemas de todos es mediante la participación conjunta de política institucional y sociedad civil. De hecho, se han producido ya importantes avances a este respecto con la proliferación de foros de deliberación desde los que han surgido no pocas propuestas de regeneración democrática y de fomento de una cultura pública dispuesta a dejar atrás posiciones irreconciliables. Entendemos que, con independencia de las posturas ideológicas propias de cada cual, nos une una común preocupación por el destino de nuestro país y que la prioridad máxima en este momento es adicionar voluntades para hacer frente a los más graves desafíos inmediatos; a saber, suturar la fractura social, buscar una salida digna y eficaz al problema catalán y proceder a una imprescindible regeneración política capaz de reconciliar a los ciudadanos con sus instituciones.

Precisamente porque creemos que la mejor solución para nuestro país es esta actitud cooperativa y constructiva, observamos con inquietud la aparición de nuevos discursos y actitudes que acentúan las posiciones irreconciliables y dejan poco margen para que después de la cita electoral accedamos a los pactos que necesitamos. Que existan discrepancias profundas entre las fuerzas políticas forma parte de la naturalidad democrática; también, que estas se hagan más presentes durante el periodo electoral. Pero esta necesidad de diferenciarse del adversario no puede ser tan profunda como para cegar posibles acuerdos de mínimos una vez instaurado un nuevo gobierno.

Por todo lo anterior, conviene hacer algunas consideraciones:

1.- Evitar polarizaciones estériles que impidan conformar después un acuerdo o resulten inviables a la hora de proceder a una reforma constitucional consensuada. Una de las características de la situación política actual es que está marcada por un triple empate, más o menos aproximadamente:

  1. Entre la derecha y la izquierda.
  2. Entre vieja y nueva política. Lo viejo no acaba de ser desplazado pero lo nuevo no es capaz de cambiar sustancialmente el escenario.
  3. Y finalmente,  en Cataluña, entre constitucionalistas e independentistas. Ni estos pueden avanzar ni hay un proyecto alternativo capaz de drenar el malestar.

En cada uno de los frentes existen a su vez diferentes sensibilidades y formas de concebir la posición de cada cual, ubicándose en uno de los extremos la opción “inmovilista”, que todo siga igual, y en el otro, que se proceda a una revisión radical del orden del que nos dotamos en la Transición, incluso a través de un nuevo proceso constituyente. Una, porque pretende congelar lo que ahora requiere un reajuste a los muchos cambios habidos en el país; y la otra, porque pretende hacer tabula rasa del periodo que, a pesar de sus altibajos, ha proporcionado la mayor era de libertad y prosperidad a España.

La lectura que cabe hacer del “espíritu” del periodo inicial de nuestra democracia no sirve, sin embargo, para justificar ninguna de las dos posturas. El destino compartido fue más importante que afirmarse en las desavenencias ideológicas.  La pluralidad entonces no era menor que ahora, y aun así encontró camino, porque se dialogó y pactó. La incapacidad de formar gobierno no es consecuencia del empate sino consecuencia de la manifiesta incapacidad para el diálogo. La verdadera Nueva Política, con mayúsculas, es esta: pactos, coaliciones, proyectos.

2.- Propugnar la presentación de una clara oferta de acción política a partir de programas claros que partan de un diagnóstico serio de los problemas de España, de sus desafíos de futuro y de sus capacidades para solventarlos. La ideología, siempre difusa y sujeta al imprescindible marketing de la nueva comunicación política, se está imponiendo sobre la presentación de proyectos de políticas; la crispación sobre la deliberación; y lo anecdótico sobre lo sustancial. Parece que se trata más de atraer al voto a partir de la descalificación del contrario y la adscripción identitaria que por los méritos programáticos.

Y, sin embargo, la campaña es el momento propicio para desvelar las prioridades programáticas, los puntos compartidos o las diferencias irreconciliables. Una eficaz discusión de los programas y una atenta ponderación de cuáles son las consecuencias de su aplicación futura deviene así en algo imprescindible.

3.- Con todo, el mayor desafío reside ahora en la necesidad de recuperar la confianza en la clase política y en las instituciones. Sean cuales fueren las causas de la desafección política, esta se ha visto ahora potenciada por el fracaso de los pactos, creando una sensación de frustración ciudadana a la que ahora se une un renovado escepticismo sobre lo que pueda ocurrir después del día electoral. Recuperar la credibilidad de la política y de los políticos es parte de la responsabilidad de estos. Afirmar las convicciones de cada cual no es contradictorio con mantener formas civilizadas de relación entre ellos.  No se trata de tomar el Estado al asalto ni de ignorar las profundas ansias de cambio. Nuestro desafío prioritario sigue siendo la re-legitimación institucional y la devolución del crédito de que hasta no hace mucho gozaba nuestra democracia. Cualquier otro objetivo, por muy justificado que sea, palidece ante esta realidad evidente.

 

 

 

 

 

 

 

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