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8-N: Entre el abismo y la resignación
Por Javier Rupérez y José Luis García Delgado
Miércoles, 26 de octubre de 2016 -  503 lecturas
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8-N: Entre el abismo y la resignación
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EN el mes de mayo de 2016 Trump había logrado deshacerse de los dieciséis candidatos que con él habían compartido inicialmente el podio de los aspirantes en la carrera presidencial para perfilarse como el elegido por el Partido Republicano para ocupar la Casa Blanca. El billonario estaba produciendo un terremoto en la vida política americana. Los términos de referencia por los que cabía recordar las elecciones presidenciales en los últimos setenta años se estaban viendo alterados por los comportamientos y las propuestas de un «outsider» sin experiencia política ni clara adscripción partidista que, ante el espanto interior y la sorpresa exterior, estaba a punto de convertirse en la cabeza visible del partido de Lincoln, Eisenhower, Reagan y los Bush. Quedaba todavía por determinar si un personaje hasta ese momento tenido por peculiar y estrambótico sería capaz de hacerse con la presidencia de los Estados Unidos. Nadie es capaz de predecir, y muchos de imaginar, la calamidad que ello traería a los Estados Unidos y a la estabilidad global. Y muchos son los que mantienen que con Casa Blanca o sin ella Trump ya tiene asegurada una importante víctima: el mismo Partido Republicano.

Sumergidos ya en los últimos días de la campaña, cabe adelantar algunas impresiones provisionales. La primera: las encuestas favorecen la victoria de Clinton. En segundo lugar: se trata de una contienda en la que los dos candidatos suman los más bajos datos de popularidad en la memoria de las elecciones presidenciales. La tercera: quedan todavía por medir los impactos que los debates electorales entre los dos candidatos tendrán en el resultado. A la postre, es esta una elección marcada por el horror al vacío que Trump produce y por las dudas que Clinton genera. Y en la que, para los que quisieran contar con unos Estados Unidos poderosos, previsibles y democráticos, solo caben la teoría y la práctica del mal menor.

La imparable ascensión de Trump a las alturas del republicanismo americano se ha producido con el recurso a los procedimientos menos habituales en las campañas políticas. El candidato republicano ha superado con creces los parámetros conocidos, alardeando de una conspicua falta de vergüenza para irrumpir con violencia en los terrenos donde la corrección política, la sensibilidad moral o simplemente el buen gusto no suelen aventurarse. Conocida es también la radicalidad programática y paupérrima de que hace bandera y en la que cabe recordar algunas de las propuestas más llamativas: la inutilidad de la OTAN, el rechazo a los acuerdos internacionales de comercio, la proliferación nuclear en Corea del Sur y Japón, el pago por parte de Méjico de la barrera que sería levantada por el presidente Trump. En él prima la actitud sobre el mensaje, el «postureo» sobre la sustancia, la baladronada sobre la reflexión. Lo único relativamente discernible y a lo que parece mínimamente permanente del programa Trump se reduce a tres o cuatro nociones elementales: el país está mal; olvidémonos de los otros y preocupémonos sólo de América; sobran los diferentes. No cabe negar un peculiar e intuitivo sentido del olfato a Donald J. Trump al identificar en su elemental mensaje los posibles y atentos receptores del mismo. Es a ese magmático estadio social al que convendría prestar atención.

Sería erróneo pensar que los fenómenos populistas no vienen de ninguna parte. Como erróneo sería descartar la parte de motivación legítima –la marginalización política, económica y social de determinados sectores de la población– que se encuentra en su mismo origen. La exclusión crea miedo y el atemorizado siente la tentación de recurrir a las llamadas mesiánicas. En los sistemas democráticos donde surgen esos fenómenos, el riesgo es evidente: que por acción u omisión de las estructuras políticas preexistentes se facilite la entrada en el sistema de los elementos que tienen como objetivo destruirlo. Cámbiese el nombre de Trump por el de sus equivalentes europeos y encontraremos una sorprendente similitud de comportamientos y fórmulas.

Para que el constructor neoyorquino obtuviera la victoria en las urnas debería contar en su favor con porcentajes significativos del voto femenino, del voto hispano y del voto afroamericano. Tendría que obtener también al apoyo del 90% del voto republicano y preferiblemente contar con algún tropiezo judicial de Hillary Clinton. No parece fácil que puedan producirse simultáneamente todas esas circunstancias. Y, aunque la que fuera secretaria de Estado diste mucho de contar con una generalizada popularidad, sigue reteniendo a su favor cuotas de «positividad» que contrastan favorablemente con las de «negatividad» que recibe el populista republicano. En el jaleo de la contienda conviene recordar el dato histórico: Hillary Clinton sería la primera mujer que llega a ser presidente de los Estados Unidos.

Una parte significativa de la sociedad americana contempla con profunda aprensión la posibilidad de que Trump consiga sus objetivos. Y es que los poderes que la Constitución americana deposita en la figura del presidente constituyen uno de los bloques más contundentes de los conocidos en los sistemas democráticos. El populismo trumpiano, como todos los que se le parecen, tiene una vocación invasiva y autoritaria que en el mejor de los casos profundizaría sin remedio en las peleas interinstitucionales, y en el peor contribuiría a poner gravemente en duda el mismo principio de la división de poderes.

Una posible constelación de populismos transatlánticos en la que al americano se sumaran en el poder o en sus aledaños los que ahora proliferan en Europa pondría irremediablemente en duda los esquemas que con los años han hecho posible la instalación de una razonable estabilidad en los comportamientos internos e internacionales. Instituciones como la OTAN y la UE entrarían gravemente en crisis, y la misma calidad de la democracia en ambos lados del océano estaría amenazada. Pero la enumeración de los evidentes riesgos no puede bastar para conjurarlos si a ello no se suma una voluntad activa y dinámica que abarque desde las instituciones al propio tejido social y civil. El populismo no es otra cosa que la excrecencia de la pereza democrática. Trump está ahí para demostrarlo.

 

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