Por una cultura del pacto.

Por Fernando Vallespín y José Luis García Delgado.

El bipartidismo imperfecto que ha predominado durante más de tres décadas tiene ante sí una prueba decisiva, que exigirá en todo caso una postura más pactista, Gobiernos de coalición y fomentar la colaboración mutua

Si hay algo que caracteriza la evolución del clima político en la España de los últimos meses es su inusitado dinamismo. Las encuestas se suceden mostrando el asentamiento de lo que a todas luces parece ya un tetrapartito.Cuatro partidos oscilan en su intento por ocupar las líneas de cabeza, el Partido Popular, el PSOE, Podemos y Ciudadanos. El orden que muestran en las preferencias de los votantes depende de la encuesta y del momento en el que se sondea la intención de voto, pero no cabe duda de que cualquiera de ellos acabará recibiendo un número de votos importante. Con ello está a punto de confirmarse la previsión de que el bipartidismo imperfecto, que hasta ahora venía caracterizando al modelo de partidos más cristalizado de la democracia, tiene ante sí una prueba decisiva.

Dos reflexiones se suscitan de inmediato. Primero: nuestro sistema de partidos comienza a parecerse más al que predomina en nuestro entorno europeo, acusadamente fragmentado y con no pocos Gobiernos de coalición. En segundo lugar, que esta nueva organización más fragmentada del sistema de partidos suscita la necesidad de acceder a una cultura política más pactista, a hacer concesiones recíprocas y, en general, a fomentar la colaboración mutua. No será un empeño fácil, ya que venimos de un modelo de relaciones interpartidistas marcado por la crispación y la acentuación retórica de la descalificación global del adversario.

El escenario que así se anticipa no es, en todo caso, algo nuevo en España. Fue el que configuró el Congreso de los Diputados a comienzos de la Transición, cuando inauguramos el ciclo con un modelo más pluripartidista, y no ha sido excepcional en algunas autonomías (Cataluña, País Vasco, Galicia, Cantabria, Aragón, Extremadura…) ni en muchos municipios. Aunque también sea cierto que siempre hemos tenido Gobiernos monocolor en el ámbito estatal, y esto es lo que ahora parece que va a quebrarse; en particular, el sistema por medio del cual el partido más votado era sostenido en el Parlamento gracias a acuerdos puntuales con los partidos nacionalistas. Todo da a entender que este tipo de acuerdos ya no van a ser posibles, porque no sumen la mayoría suficiente y por la propia deriva soberanista de los principales partidos nacionalistas catalanes. El modelo será, casi con total probabilidad, el de un Gobierno de coalición o el de un Gobierno en minoría apoyado por uno o más de los nuevos partidos emergentes o los ya establecidos entre sí.

¿Cuáles son las consecuencias inmediatas de la más que probable nueva situación del sistema de partidos en España? A este respecto creemos que es importante distinguir entre aquello que podemos calificar como la “gobernabilidad ordinaria” —es decir, la consecución de mayorías específicas para gobernar un Ayuntamiento, una comunidad autónoma o el propio Estado— y el consenso necesario para emprender algunas de las más amplias reformas que requiere el país.

A la vista de la naturaleza de los nuevos partidos, de su orden programático y su práctica política, no hay razones para pensar que puedan poner en cuestión la gobernabilidad. El fantasma de la inestabilidad política es más aparente que real. Es muy posible, como ocurre cuando damos el salto al multipartidismo, que surjan problemas para conseguir mayorías en unos u otros ámbitos, pero a grandes rasgos no parece que el tránsito desde el sistema bipartidista a otro más multipartidista vaya a ser necesariamente traumático.

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2018-10-24T06:56:50+00:00